
Un nuevo protocolo sanitario recomienda asistencia psicológica para mujeres que no desean tener hijos. La medida expone el giro del Estado ruso hacia políticas cada vez más intervencionistas sobre la vida privada.
El Ministerio de Salud de Rusia actualizó sus protocolos de control reproductivo y dejó un mensaje claro: no querer tener hijos puede ser considerado un problema a revisar.
El nuevo cuestionario médico, que forma parte de un chequeo voluntario anual, incluye una pregunta directa para las mujeres: cuántos hijos desean tener. Si la respuesta es “ninguno”, el procedimiento recomienda derivarlas a un psicólogo clínico.
La diferencia con los hombres es evidente. El formulario masculino tiene menos preguntas, la formulación es más flexible —considera las “circunstancias actuales”— y, sobre todo, no contempla ninguna derivación psicológica en caso de no querer ser padre.
Desde el oficialismo, la explicación apunta a una política de salud: prevenir abortos y promover una “actitud positiva” hacia la maternidad. Pero el trasfondo es más amplio. Rusia viene desplegando desde hace años una estrategia para aumentar la natalidad en un país con baja densidad poblacional y enormes extensiones despobladas.
En ese marco, las medidas se fueron endureciendo. En 2025 se aplicó la primera multa por “incitar al aborto”. Varias clínicas denunciaron presiones para dejar de ofrecer ese servicio. Y en 2024 el Parlamento prohibió la difusión de la ideología “childfree”, que defiende el derecho a no tener hijos.
El nuevo protocolo sanitario se suma a esa línea: ya no solo se restringe el acceso o el discurso, sino que se empieza a intervenir sobre la decisión individual desde el sistema de salud.
El mensaje de fondo empieza a quedar claro: en la Rusia actual, la maternidad deja de ser una elección privada y pasa a convertirse en un asunto de Estado. Y cuando eso pasa, la frontera entre política pública y vida personal se vuelve cada vez más difusa.