Durante años, la Argentina fue noticia en el mundo por crisis recurrentes, defaults, escándalos y fracasos económicos. El cierre de 2025 marcó un quiebre inesperado: el país volvió al centro de la escena internacional, no por el colapso, sino por resultados concretos, liderazgo político y un cambio profundo de rumbo.
El reconocimiento internacional es una señal clara de ese viraje. Javier Milei fue elegido por los lectores del influyente diario británico The Daily Telegraph como uno de los líderes mundiales del año, junto a figuras como Giorgia Meloni y Donald Trump. No fue un hecho aislado. Publicaciones como The Economist y MoneyWeek ya habían destacado el proceso argentino como una experiencia singular: un país que dejó atrás el estatismo crónico para ensayar una agenda de sentido común.
Mientras el mundo observa con interés, en el plano interno persiste una resistencia férrea al cambio. Milei incomoda porque no solo estabilizó la macroeconomía, redujo la inflación y alcanzó el superávit fiscal. También expuso y desarmó un entramado de privilegios que se sostenía gracias al desorden, la discrecionalidad y la dependencia del Estado.
Uno de los sectores más afectados por esta transformación fue el del periodismo militante. La eliminación total de la pauta oficial —ya por tercer año consecutivo— marcó un punto de inflexión. El mensaje fue claro: la libertad de expresión no se financia con fondos públicos ni se subordina a la chequera estatal. Sin pauta, se terminó el periodismo sostenido por el contribuyente para reproducir relatos partidarios. Quedó quien informa, quien opina con honestidad intelectual y quien compite sin tutela ni privilegios.
Esa misma lógica de resistencia se replica en la política. La insistencia de Axel Kicillof en reinstalar la reelección indefinida de intendentes en la provincia de Buenos Aires no responde a una agenda de gestión ni de resultados, sino a una concepción patrimonial del poder. Es el ADN del kirchnerismo: perpetuarse, colonizar instituciones y confundir lo público con lo propio.
El pasado reciente ofrece ejemplos elocuentes de ese esquema. El negocio del cepo cambiario fue uno de los más obscenos. Mientras la selección argentina conquistaba el Mundial de Qatar, operadores vinculados al poder cobraban premios en dólares al tipo de cambio oficial. La brecha cambiaria funcionó como una transferencia silenciosa de recursos hacia los mismos de siempre, envuelta en un discurso épico que hablaba de “patria” mientras repartía botines.
Con el cambio de rumbo, la economía real empezó a moverse. En 2025, la Argentina abrió 162 nuevos mercados internacionales para productos agroindustriales. Entre enero y noviembre se exportaron más de 105 millones de toneladas por un valor superior a los 47.000 millones de dólares, un crecimiento interanual del 12%. Las exportaciones totales de bienes rondarán los 86.500 millones, el segundo mejor registro histórico. No hubo milagros: hubo reglas claras, libertad para producir y libertad para comerciar.
Los indicadores internos acompañaron. La actividad económica volvió a crecer por segundo mes consecutivo en noviembre. La venta de autos 0 km superó las 612.000 unidades, casi un 48% más que en 2024 y el mejor desempeño desde 2018. Los intentos de sabotaje político fracasaron: apenas el Estado dejó de asfixiar, la economía reaccionó.
También el turismo desmintió los pronósticos catastrofistas. La Costa Atlántica alcanzó niveles de ocupación cercanos al 90%, en lo que ya se perfila como la mejor temporada en al menos un cuarto de siglo. Con estabilidad, la gente planifica, consume y vuelve a disfrutar.
La conclusión es simple y, para algunos, incómoda: cuando el Estado deja de robar, mentir y apretar, la Argentina funciona. Por eso Milei molesta. Porque demostró que el fracaso no era un destino inevitable, sino una elección política.
Feliz año para quienes producen, trabajan y eligen la libertad. A los defensores del caos permanente, el 2026 los encontrará cada vez más aislados.