
El debate por la edad de imputabilidad volvió a escena y esta vez habló alguien que carga con la peor de las experiencias. Marcos Gómez pidió cambios, cuestionó al Estado y expuso las grietas de un sistema que no llega ni antes ni después del crimen.
La baja de la edad de imputabilidad volvió al centro de la agenda luego de que el Gobierno nacional incluyera la Ley Penal Juvenil en las sesiones extraordinarias. Pero esta vez la discusión no giró solo en torno a proyectos, números o discursos técnicos: apareció la voz de Marcos Gómez, el papá de Kim, la nena de 7 años asesinada en un brutal hecho de inseguridad en Altos de San Lorenzo.
En declaraciones públicas, Gómez fue directo: “La baja de imputabilidad es algo que tiene que suceder, la ley no se adapta a lo que estamos viviendo”. La frase, cruda y sin rodeos, incomodó a todos. No vino de un despacho ni de un atril, sino de alguien atravesado por el dolor.
Sin embargo, lejos de una postura simplista, Gómez marcó un límite claro: bajar la edad y encerrar jóvenes sin contención “no va a funcionar”. Para él, castigo y prevención no son caminos opuestos, sino partes de un mismo problema que el Estado viene pateando hace años.
También puso el foco en una frustración poco mencionada: la de las fuerzas de seguridad. “Hoy la Policía se siente burlada porque en muchos casos hacen su laburo y los agarran, pero falla otra cosa”, señaló, apuntando a un sistema que detiene pero no resuelve.
Sobre los asesinos de su hija, sus palabras fueron tan duras como humanas. Dijo ver arrepentimiento en el joven de 17 años y desafío en el de 14. No los perdona y quiere que paguen, pero al mismo tiempo se detiene en el origen: familias rotas, abandono, problemas escolares que nadie atendió a tiempo. “¿Cómo no se encendieron las alarmas?”, se preguntó.
Gómez también cuestionó la falta de consensos entre Nación y Provincia y aseguró haber hablado con dirigentes de todos los espacios sin encontrar respuestas claras. Para él, el debate está empantanado entre consignas mientras los problemas se repiten.
El resultado es una escena incómoda: un padre que pide castigo, pero también prevención; que exige justicia, pero expone el fracaso previo del Estado. Y deja flotando una pregunta difícil de esquivar: si no se cambia nada de fondo, ¿cuántas historias más van a llegar a este punto para que recién ahí se discuta en serio?