“No fue solo un despido: nos desarmaron la vida”
Desde hace más de tres meses, los trabajadores despedidos de la planta de porcelanatos ILVA mantienen un acampe permanente en el Parque Industrial de Pilar. Reclaman la reincorporación o el pago de las indemnizaciones adeudadas, mientras denuncian que el cierre encubre un intento de flexibilización laboral.
La entrada de la planta de ILVA, sobre la calle 9 del Parque Industrial de Pilar, dejó de ser un punto de ingreso y salida de trabajadores. Hoy es un campamento. Carpas, parrillas improvisadas, termos y reposeras ocupan el espacio donde, hasta fines de agosto, circulaban cientos de operarios. Hace más de 100 días que los 302 despedidos sin indemnización permanecen allí, esperando una respuesta que no llega.
Cristian Enrique tiene 43 años y pasó más de la mitad de su vida dentro de esa fábrica. Entró a ILVA a principios de los 2000, cuando conseguir un puesto allí era sinónimo de estabilidad. “Pensé que me iba a jubilar acá”, dice, con la voz calma pero quebrada. El 28 de agosto recibió el telegrama de despido. Desde entonces, su rutina cambió por completo: turnos de 24 horas en el acampe, changas de mecánica en su casa y la ayuda económica de su hijo adulto para cubrir gastos básicos. “Antes planeábamos las vacaciones; ahora vemos cómo pagar la luz”, resume.
La empresa, referente del segmento premium de cerámicos y porcelanatos, justificó el cierre por la caída del consumo y la apertura de importaciones. Sin embargo, los trabajadores sostienen que la crisis fue utilizada como excusa para avanzar en una reestructuración que implicaría menos personal y condiciones laborales más precarias. De hecho, ILVA presentó ante la Justicia comercial un plan para reabrir con apenas 40 empleados y bajo un régimen de contratación diferente.
Una fábrica en silencio
Dentro del predio reina un silencio inquietante. Las máquinas están detenidas, los yuyos avanzan sobre vehículos abandonados y pilas de porcelanatos quedaron a la intemperie. “Esto parece una fábrica fantasma”, describe Juan Flores, uno de los despedidos. Señala, además, que días antes del cierre la empresa había instalado una prensa importada de Italia, valuada en millones. “Si no pensaban seguir, no la ponían en marcha”, afirma.
El conflicto de ILVA no es un hecho aislado. A pocas cuadras, Whirlpool cerró recientemente su línea de lavarropas y dejó a 200 trabajadores en la calle. El efecto dominó alcanzó a empresas proveedoras y logísticas, que también redujeron personal o directamente cesaron actividades. En lo que va del año, se contabilizan cerca de 1.500 despidos en Pilar entre grandes compañías y pymes.
“Nos dejaron afuera del sistema”
En el acampe, las historias se repiten con distintos matices. Paola Castañeda, de 50 años, fue despedida tras 22 años en la empresa. Es madre de tres hijos y jefa de hogar. “No solo siento que me estafaron; siento que me arruinaron el futuro”, dice. La falta de indemnización la dejó sin ahorros y sin margen de maniobra. “Estoy lejos de jubilarme y cerca de quedar afuera del mercado laboral”, explica.
Su hijo menor termina este año la secundaria y sueña con estudiar Medicina. “Me duele no saber si voy a poder acompañarlo. Yo tuve que dejar de estudiar por falta de plata y no quería que a él le pasara lo mismo”, cuenta, mientras intenta contener el llanto.
La pérdida del empleo también implicó la caída de beneficios que formaban parte del salario: transporte, comedor y cobertura médica. Juan Flores relata que su hijo de seis años, con discapacidad, quedó sin terapias tras perder la prepaga. “Nos dijeron que podíamos continuar de forma particular, pero es imposible afrontar ese costo”, afirma.
Del trabajo industrial a las plataformas
Alberto “Beto” Franco tiene 50 años y casi dos décadas en ILVA. Hoy maneja un auto para una aplicación de viajes. “Desde los 18 trabajo en fábricas, no estoy hecho para esto”, reconoce. Para lograr un ingreso mínimo, pasa hasta 14 horas diarias al volante. “No rinde igual y no es la vida que yo quería”, dice. Cumplió años en el acampe y lamenta no haber podido celebrar como esperaba: “Más que una torta para mí, quería comprarle una a mi hijo”.
La situación contrasta con el discurso oficial que presenta el trabajo en plataformas como una elección. Para muchos de los despedidos, fue la única alternativa inmediata para sobrevivir.
Vivir y resistir
La vida en el acampe se organiza de manera colectiva. Las comidas se cocinan a leña, los turnos se rotan y las familias se suman al almuerzo y la cena. Reciben donaciones y sostienen un fondo común para comprar alimentos. “A veces el único plato del día lo tenemos acá”, dice Flores. “Ya no somos solo compañeros: somos una familia”.
Frente a la carpa principal, una pelota de vóley pintada como “Wilson”, el personaje de la película Náufrago, simboliza la espera. “Estamos en el medio del océano”, reflexiona uno de los trabajadores. “No podemos mirar atrás; tenemos que seguir hasta que aparezca la otra orilla”.
Mientras avanzan las audiencias en la Secretaría de Trabajo, el reclamo sigue siendo el mismo: cobrar lo trabajado o recuperar el empleo. “No queremos estar acá”, dice Florencia Pereyra, pareja de Cristian y una de las organizadoras del acampe. “Queremos una vida simple y previsible: trabajar, volver a casa y compartir un mate tranquilos. Nada más”.