
El gobernador se mostró tomando mate en familia mientras avanza su posicionamiento para 2027. La escena busca transmitir cercanía, pero cada vez suena más calculada que espontánea.
En medio de un año clave para el armado político hacia 2027, Axel Kicillof eligió mostrar una postal de “normalidad”: tarde de sol, mate y familia en Punta Lara. Las imágenes fueron difundidas por su pareja, Soledad Quereilhac, en redes sociales.
El timing no es menor. Mientras el peronismo atraviesa tensiones internas, disputas de liderazgo y reacomodamientos de poder, el gobernador intenta reforzar una narrativa de cercanía y sencillez. El problema es que, a esta altura, esa construcción empieza a sentirse más ensayada que genuina.
No es la primera vez. Kicillof viene insistiendo con una estética de “vecino común” en paralelo a su creciente proyección política. El contraste entre la escena relajada y el contexto de alta rosca política genera ruido: cuanto más se fuerza la naturalidad, más evidente se vuelve el artificio.
Además, la exposición no es inocente. En un escenario donde la imagen pública pesa tanto como la gestión, cada gesto comunica. Y estas postales familiares, lejos de ser neutrales, funcionan como piezas de posicionamiento.
En política, el problema no es mostrarse humano. El problema es cuando la humanidad parece actuada. Y ahí, el efecto puede ser exactamente el contrario al buscado.