
La frase del ministro de Economía reavivó la discusión sobre precios, importaciones y empleo. Mientras el Gobierno apunta al consumidor, el sector textil exhibe números rojos, cierres y máquinas apagadas.
En medio de la apertura de importaciones y la caída del consumo, el ministro de Economía, Luis Caputo, lanzó una frase que no pasó inadvertida: “Nunca compré ropa en Argentina porque era un robo”. Lo dijo al comparar precios locales con valores internacionales y al justificar la necesidad de mayor competencia.
Caputo sostuvo que el proteccionismo benefició durante años a pocos actores y obligó a millones de consumidores a pagar ropa y calzado a precios muy por encima de los del mundo. Según su mirada, si una remera cuesta USD 5 en lugar de USD 50, el excedente se vuelca a otros consumos y dinamiza la economía.
El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, reforzó el argumento con un ejemplo directo: un jean que acá cuesta USD 100 y afuera USD 25. “Explicame dónde se pierde el puesto de trabajo”, planteó.
Del otro lado, la industria textil respondió con números. Aseguran que los precios no se explican por “avivadas”, sino por una estructura de costos pesada: cerca del 50% del valor final de una prenda son impuestos, un 30% alquileres y costos financieros, un 12% logística, marketing y rentabilidad, y solo un 8% queda para la producción.
Los datos sectoriales muestran un escenario crítico. Según cifras del Indec citadas por Fundación Pro Tejer, la producción textil cayó 36,7% interanual en noviembre de 2025 y 47,6% frente a 2023. La capacidad instalada se ubicó en 29,2%, el nivel más bajo de toda la industria: siete de cada diez máquinas están paradas. En paralelo, se registraron cierres y despidos en firmas que producen para marcas internacionales y nacionales.
Desde el sector advierten que el problema central hoy no es solo la competencia externa, sino la falta de consumo: ingresos que no alcanzan, ventas en caída y un mercado interno que no reacciona.