
Durante décadas, el peronismo tuvo una virtud que lo volvió casi invencible. Supo escuchar a la sociedad. Entendió lo que pasaba en la calle, leyó los cambios de época y, cuando fue necesario, se adaptó. En los 90 cambió sin demasiados complejos, después volvió a sus bases y, aun cuando perdía elecciones, conservaba algo fundamental. La idea de que, más temprano que tarde, iba a volver. El peronismo parecía inevitable.
Hoy esa idea ya no existe.
El peronismo quedó paralizado frente a algo que no supo ver venir. Una lectura social más fina que la suya. Javier Milei entendió antes que nadie que la Argentina había cambiado, que el malestar ya no encontraba salida en los discursos de siempre y que había una sociedad cansada no solo de la economía, sino también de la política. El problema para el peronismo no es solo haber perdido una elección. Es no haber entendido por qué la perdió. Y lo más grave, no estar reaccionando.
No hubo una autocrítica real. No aparecieron ideas nuevas. No surgió un liderazgo capaz de ordenar, explicar y marcar un rumbo. En lugar de eso, el peronismo se replegó. Se cerró. Se endureció. Empezó a hablarse a sí mismo. A convencerse de que el problema es la sociedad y no sus propios errores.
Durante años compitió contra lo que llamaba la derecha de zapatos blancos, ese gorilaje clásico, más previsible y más fácil de enfrentar. Hoy la escena es otra. Está siendo superado por un liberalismo popular que le ganó la calle, las redes y el debate de ideas. Milei no solo les ganó una elección. Les ganó la conversación pública. Les discutió las palabras, los valores y hasta el vínculo con sectores que el peronismo daba por propios.
Axel Kicillof aparece como un dirigente fuerte en su territorio, pero con un liderazgo limitado a lo provincial, incluso a lo conurbanístico. Gobierna una provincia compleja, pero no logra ordenar al movimiento ni proyectar una salida nacional. Cristina Kirchner, por su parte, reaparece desde el pasado. Activa estructuras, mueve lealtades, pero no construye futuro. Mueve piezas, pero el tablero sigue siendo el mismo. El resultado es un peronismo fragmentado, sin conducción clara y con muchas dificultades para entender el momento que vive el país.
La comparación empieza a incomodar, pero es difícil evitarla. El gobierno de Alberto Fernández fue un fracaso económico evidente. Inflación descontrolada, pérdida del poder adquisitivo y una sensación constante de desorden. Salvando las diferencias históricas, algo parecido ocurrió con el final del gobierno de Alfonsín. Y así como ese golpe marcó al radicalismo durante décadas, hoy aparece una pregunta incómoda. ¿Puede pasarle lo mismo al peronismo?
Después de Alfonsín, el radicalismo entró en un largo proceso de achicamiento. Perdió centralidad, perdió liderazgo nacional y pasó a disputar poder en escala menor. Dejó de ordenar el sistema político. El peronismo, tal como está hoy, parece caminar hacia ese mismo lugar.
Se volvió cada vez más un partido provincial, con liderazgos débiles, ideas gastadas y un discurso que ya no interpela. Perdió su bandera histórica, el pueblo. La calle, que supo ser su territorio natural, hoy está en manos de los libertarios. Y eso no es solo un dato electoral. Es un dato cultural.
Las viejas canciones ya no se escuchan. Las nuevas todavía no suenan. Durante años el peronismo vendió justicia social, pero cuanto más gobernó, más justicia social parecía hacer falta. El problema es que la gente empezó a desconfiar de esa promesa. Y los más jóvenes directamente dejaron de comprarla. No porque se hayan vuelto insensibles, sino porque creen más en la independencia que en la tutela, más en la autonomía que en la promesa eterna.
Sin ideas nuevas, sin figuras nuevas y sin una lectura honesta de la realidad, el peronismo corre el riesgo de convertirse en algo que nunca creyó posible. Un partido provincial, discutiendo poder bajo y sin peso real en la escena nacional. No es una condena escrita, pero sí una advertencia. La historia política argentina ya mostró que ningún movimiento es eterno cuando deja de entender a la sociedad que dice representar.
Martín Pezzato.