
Incendios fuera de control, brigadistas al límite y medios aéreos que aparecen sólo cuando el clima lo permite. El sur arde mientras la respuesta corre detrás del desastre.
El incendio que azota a Chubut ya consumió más de 40 mil hectáreas y mantiene un comportamiento extremo: llamas de hasta 50 metros, viento constante y visibilidad casi nula por el humo. El fuego avanza y, por momentos, manda.
Desde hace casi 50 días, brigadistas de distintas provincias trabajan sin descanso. Esta semana se sumaron cuadrillas de Chile para combatir el incendio por tierra, una señal clara de la magnitud del problema. Los medios aéreos, en cambio, operan de forma intermitente y sólo cuando la meteorología abre pequeñas “ventanas” de acción.
La Agencia Federal de Emergencias fue directa: ya no se intenta frenar el fuego, sino proteger poblaciones cercanas. El objetivo pasó de contener el incendio a evitar una tragedia mayor. El daño ambiental, mientras tanto, sigue creciendo sobre bosques nativos y áreas protegidas.
Los focos activos avanzan en la zona del Lago Menéndez y los alrededores de los lagos Verde y Rivadavia, con amenaza directa sobre Cholila y riesgo latente para Esquel. En el Parque Nacional Los Alerces, uno de los incendios comenzó en diciembre tras una tormenta eléctrica, fue contenido y luego se reactivó con más fuerza por el calor y la falta de vigilancia.
En paralelo, los pobladores hacen lo que pueden. Trasladan animales, pierden ganado y resisten. “No tenemos opción”, repiten. La expectativa está puesta en un posible descenso de temperatura y alguna lluvia aislada, aunque el pronóstico vuelve a jugar en contra: más calor y viento en los próximos días.
Chubut arde, el fuego avanza y la pregunta queda flotando: ¿estamos viendo una catástrofe inevitable o el resultado de llegar siempre tarde?