
La investigación por el asesinato de Jeremías Monzón incorporó un video que registra los momentos previos a su muerte. Las imágenes, de extrema violencia, volvieron nacional un caso que desnuda fallas profundas del sistema.
El expediente judicial por el homicidio de Jeremías Monzón, el adolescente de 15 años asesinado en Santa Fe, sumó una prueba que cambió el impacto del caso: un video grabado por los propios agresores durante el ataque.
Según consta en la causa, la grabación muestra a Jeremías reducido, rodeado por otros menores, mientras es sometido a una agresión prolongada. El registro evidencia que no se trató de un ataque impulsivo ni inmediato, sino de una secuencia sostenida de violencia, con golpes, heridas reiteradas y tormentos infligidos mientras la víctima se encontraba indefensa.
El video también muestra que el ataque fue filmado deliberadamente. No hay intento de ocultamiento ni de freno: la cámara acompaña la agresión hasta el final. Ese dato, para los investigadores, refuerza la hipótesis de un accionar consciente y coordinado.
La difusión de la existencia de este material —no de su contenido íntegro— generó conmoción a nivel nacional. No solo por la edad de la víctima, sino porque los agresores también eran menores. El contraste entre la brutalidad registrada y el marco legal vigente volvió a poner en primer plano el debate sobre el régimen penal juvenil y la capacidad real del Estado para intervenir antes de que la violencia escale.
Mientras la causa avanza en el plano judicial, el caso de Jeremías Monzón deja una pregunta incómoda flotando: si esto quedó grabado, ¿cuántas señales previas nadie quiso —o supo— ver?