
Donald Trump presentó en Davos su Consejo de la Paz con la presencia de Javier Milei y una lista heterogénea de países. La iniciativa promete resolver conflictos globales, pero arranca sin mandato claro, sin potencias clave y rodeada de escepticismo internacional.
En el Foro Económico de Davos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó oficialmente el Consejo de la Paz, una nueva estructura internacional que —según su creador— buscará intervenir en conflictos como Gaza y, más adelante, en otros focos del planeta. Argentina se sumó como miembro fundador y Javier Milei estuvo presente en la firma.
El anuncio vino con gestos grandilocuentes y pocos detalles concretos. Trump aseguró que 59 países ya adhieren, aunque esa cifra no fue confirmada públicamente ni se reflejó en la sala: ninguna potencia mundial envió representantes de peso y varios aliados históricos directamente rechazaron la invitación.
La composición del consejo encendió las alarmas. La mayoría de los países que aceptaron no son democracias consolidadas y ninguno —salvo Estados Unidos— es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Rusia y China, con derecho a veto en la ONU, aún no se sumaron. Europa, en bloque, tomó distancia: Francia, Suecia, Noruega, Eslovenia y el Reino Unido dijeron que no.
Trump llegó a insinuar que el nuevo organismo podría reemplazar funciones de la ONU, aunque luego bajó el tono y habló de “trabajar en conjunto”. El estatuto, sin embargo, le otorga amplios poderes: veto sobre decisiones, capacidad de expulsar miembros y mandatos extensibles a cambio de aportes millonarios.
El primer “logro” atribuido al consejo —la supuesta apertura del cruce de Rafah— fue rápidamente desmentido por Israel. Ni siquiera en su bautismo el organismo logró mostrar coordinación básica.
Argentina aparece así en una foto internacional potente, pero dentro de una iniciativa todavía difusa, con apoyos fragmentados y reglas poco claras. Un experimento ambicioso que despierta expectativas en algunos y desconfianza en muchos otros.
La pregunta queda flotando: ¿estamos ante un nuevo intento de ordenar el tablero global o frente a una mesa paralela, diseñada a medida del poder de turno? La paz, por ahora, sigue en veremos.